Nota del editor: Este artículo se publicó por primera vez el 5 de agosto de 2025 por Kathryn Thompson y fue traducido al español por Anirudh Karunakaran.
Cada viernes a las 3 a.m., los estudiantes Sydney Stewart y Nicolas Montoya se despiertan para comenzar a hornear en la cocina de su casa. Siete horas después, su caseta verde se encuentra afuera, en el 619 W. 35th St., repleta de hogazas de masa madre, bagels y galletas con trozos de chocolate que se derriten con cada mordida.
Una nueva delicia en Austin, Stoya Bread Co. comenzó como una tradición privada entre Stewart, estudiante de último año de sustentabilidad, y Montoya, estudiante de último año de ingeniería mecánica: dos panaderos universitarios que moldeaban masa cada viernes y, al mismo tiempo, fortalecían su relación. En febrero, la pareja apostó por su pasión compartida y construyó una “caseta de pan” de autoservicio, confiando en un sistema de honor para el pago. Lo que empezó como una oferta tranquila para el vecindario ahora atrae a clientes leales cada semana.
“Desde que empezamos a salir el agosto pasado, hornear, cocinar y estar en la cocina ha sido un pilar enorme de nuestra relación”, dijo Stewart. “Queríamos (vender pan) de una manera que fuera independiente y se ajustara a nuestro horario, y eso es lo que nos permite la caseta de pan”.
Unos meses después, un cambio repentino de vivienda dejó a Stewart y Montoya sin lugar para la caseta. Tras acudir a Instagram en busca de apoyo, Austin respondió con los brazos abiertos.
“No solemos pedir ayuda… y ha sido la mejor decisión que hemos tomado por la nueva comunidad que encontramos”, dijo Stewart. “En cuestión de horas, teníamos muchísimos lugares distintos donde poner la caseta… y tanta gente comentó en nuestros videos (cosas como): ‘Esto es tan Austin. ¡Mantengan Austin raro!’”
Al otro lado de la calle, los vecinos Mark Phillip y Rachel Hoffman ofrecieron su patio delantero como nueva ubicación, queriendo mantener la caseta en su barrio. Trabajando desde casa, a menudo se asoman por la ventana para ver cómo va la pareja y el creciente movimiento de la caseta.
“Es bueno para el vecindario… (es) algo único y especial”, dijo Phillip. “He tenido esta casa por más de 20 años y no recuerdo nada parecido”.
“Ver que semana tras semana van ganando impulso parecía algo que debía continuar, y es divertido verlo crecer”, dijo Hoffman.
Con la creciente demanda, Stewart y Montoya ahora hornean al menos 18 hogazas, 32 bagels, 20 panecillos ingleses y 90 galletas para reabastecer cada viernes, y aun así no logran satisfacer el apetito de sus clientes. El espacio limitado del horno restringe la producción, y los productos se agotan en pocas horas. Aun así, el robo nunca les preocupa.
“Creemos, de forma inherente, que la gente es buena”, dijo Montoya. “Si alguien necesita el pan lo suficiente como para robarlo, no vamos a enojarnos, especialmente con gente que no tiene hogar”.
Aunque planean mantener la caseta en su ubicación actual, la pareja dijo que sueña con abrir una cafetería con el mismo espíritu de amor, confianza y comunidad. Con un solo bocado de su pan, ese cuidado se hace evidente.
“Tienes que lanzarte a lo profundo y tener fe en que puedes nadar, porque vas a enfrentar desafíos”, dijo Montoya. “Lo más importante para nosotros ha sido mantenernos firmes, perseverar y no rendirnos”.
