Raghad Alhussein, de catorce años, se acomodó como pudo en el asiento trasero de una camioneta repleta, con chicas pegadas hombro con hombro y las rodillas empujando las mochilas, mientras el vehículo arrancaba para recorrer Austin por primera vez. Ella recurda a chicas de todo el mundo reclinadas en sus asientos, señalando por las ventanas, riendo, manteniendo conversaciones en un inglés cortado.
“Todas sabíamos muy poco inglés, pero de alguna forma nos entendíamos”, dijo Raghad. “Era puro amor”.
La excursión era parte de un campamento de verano de dos semanas con GirlForward, una organización sin ánimo de lucro que apoya a adolescentes refugiadas, inmigrantes y solicitantes de asilo. Para Raghad, fue la primera vez desde que huyó de la guerra en Siria que sintió que pertenecía a un lugar.
Fundada en Chicago en 2011 y establecida en Austin en 2015, la organización se centra en la consejería, la defensa de derechos, la comunidad, la educación y la creación de un espacio seguro para chicas como Raghad. Muchas de ellas están aprendiendo a moverse en un idioma completamente nuevo, un sistema escolar desconocido y expectativas muy distintas para sus vidas.
“Todo mundo merece tener a alguien que esté echándote porras”, dijo Johanna Hosking-Pulido, directora ejecutiva de GirlForward. “En este momento tan específico de tu vida, cuando eres adolescente y estás descubriendo quién eres – tu voz, tus pasiones, tus metas – es un momento clave para crear una comunidad y sentirte vista”.
Esa sensación de pertenencia es lo que distingue a GirlForward. Para muchas niñas refugiadas y solicitantes de asilo, las barreras del idioma, la educación, la presión económica y las responsabilidades familiares pueden hacer muy difícil terminar la preparatoria. A nivel nacional, solo alrededor del 60% de las chicas en esta situación se gradúan. Dentro de GirlForward, ese número sube al 100%.
El trabajo de GirlForward empieza de forma sencilla y concreta: alguien llama a la puerta de su casa con un traductor, se sienta en la mesa de la cocina y les ayuda a llenar un formulario escolar. Pero su objetivo no es solo resolver las necesidades del momento. Al construir comunidad y empoderar a las chicas, las integrantes se convierten en una parte activa de la sociedad: buscan estudios superiores y se vuelven líderes. Con el tiempo, la mayoría repite el ciclo al regresar a la organización como mentoras.
Como parte del programa de mentoría, las chicas reciben educación financiera, se ponen metas académicas y personales, participan en actividades cívicas a través del servicio comunitario y reciben educación sobre bienestar en temas como el conocimiento del propio cuerpo y clases de defensa personal.
“Si tu mamá o tus papás nunca pudieron estudiar, ¿qué haría que estas chicas creyeran que ellas sí se lo merecen?”, dijo Johanna. “Eso es lo que GirlForward hace por ellas. Caminamos a su lado. Les decimos que siempre hay una oportunidad para abogar por sí mismas, porque tienen la fuerza de su comunidad detrás”.
GirlForward se convirtió rápidamente en algo muy importante en la vida de Raghad, sobre todo cuando conoció a Hajera Hashimi, quien sigue siendo su amiga a día de hoy.
Se conocieron por primera vez en el campamento de verano de GirlForward en 2016, justo antes de entrar a la prepa. Conectaron por las ganas compartidas de construir algo más grande que ellas mismas y por el deseo de ir más allá de solo sobrevivir en un país nuevo, creando un espacio para “chicas como ellas”.
“Sueño gracias a la esperanza que nace de ver a las chicas recuperar su poder después del desplazamiento”, dijo Johanna, “y de cómo se lanzan a perseguir sus sueños”.
Cuando Raghad llegó a Austin con su familia de siete integrantes, no tuvo la oportunidad de adaptarse poco a poco. Empezó la escuela casi de inmediato y, como la hija mayor, fue su responsabilidad descifrar el sistema educativo. En pocas semanas, ya estaba inscrita en una preparatoria estadounidense sin hablar casi nada de inglés. La última vez que había ido a la escuela fue en primaria, antes de que la guerra provocara el cierre de calles y escuelas, lo que la obligó a estudiar en casa.
“Aprendí sola a hablar inglés en como seis meses. Oía mucho a Justin Bieber”, dijo. “¡Me encantaba! Así fue como aprendí”.
Raghad adoptó responsabilidades que a muchos adultos les agobiarían: trabajar, traducir para sus papás, manejar trámites, ayudar a sus hermanos con la escuela y las citas, ir a reuniones con maestros, llevar el control de la situación económica de la familia y más. Al mismo tiempo, estaba decidida a no quedarse atrás en la escuela.
“Tenía una libreta llena de cuentas y contraseñas. El correo de mi mamá, el de mi papá, el de mis hermanos, dónde pagar esto, pagar aquello, citas, pasaportes, números de teléfono”, dijo.
Por esa misma época, Hajera se unió a GirlForward porque su papá la animó a inscribirse. Salió de su país, Afghanistán, siendo muy chica y pasó un tiempo en un campamento de refugiados. Cuando por fin entró a una escuela en Estados Unidos, tenía muchas ganas de estar rodeada de chicas como ella.
“Fue la primera vez que sentí que podía ser yo misma sin preocuparme por mi acento o si estaba diciendo algo mal”, dijo Hajera. “(GirlForward) Nos conectó entre nosotras, y eso significó mucho para mí, porque en la escuela no me identificaba con nadie. Sentía que la gente simplemente no me entendía”.
GirlForward atiende a jóvenes de decenas de países, creando un espacio donde conviven múltiples idiomas, religiones, culturas y experiencias, chicas unidas por lo que han vivido juntas.
“Sobrevivimos algo. Todas andamos buscando esperanza, un futuro nuevo”, dijo Hajera. “Eso es lo que GirlForward nos dio a todas”.
Hoy, ambas estudiantes en Austin Community College, tanto Raghad como Hajera tienen roles de liderazgo en la universidad y dentro de GirlForward.
En ACC, Raghad fundó un fondo de emergencia de 22,000 dólares conocido como Micro-Aid, diseñado para apoyar a estudiantes con necesidades económicas urgentes. También hizo una pasantía en el Capitolio de Tejas y está buscando hacer carrera en el gobierno local, algo que atribuye a GirlForward.
“Necesitamos más personas como nosotras en el gobierno”, dijo.
El camino de Hajera tiene sus raíces en su propio papel dentro de su familia. Después de llegar a los Estados Unidos, recuerda acompañar a su abuela a citas médicas para traducirle y ayudarle a desenvolverse en el complicado sistema de salud. Actualmente estudiante de enfermería en ACC, Hajera planifica postular a la escuela de medicina para convertirse en doctora, para poder ayudar a pacientes como su abuela e inspirar a otras chicas a verse a sí mismas en roles así.
“Si no hubiera sido por GirlForward, probablemente me hubiera quedado atorada en algún punto de la prepa”, dijo Hajera. “De verdad no sabía qué hacer”.
Raghad y Hajera recuerdan la Marcha de las Mujeres de 2017 en Austin, frente al Capitolio de Tejas, como su actividad favorita de GirlForward. Recuerdan recortar carteles de cartón y pararse entre la multitud. Esperaban que las chicas en Siria y Afganistán las vieran “gritando con todo”, y sintieran que el cambio también era posible para ellas.
La parte favorita de Hajera fue hacer un cartel con algo que durante mucho tiempo le había sido ajeno, pero que desde entonces ha cargado consigo en cada decisión de su vida.
Su cartel decía: “Las mujeres pueden hacer cualquier cosa”.
