Nota del editor: Este artículo se publicó por primera vez el 17 de noviembre de 2025 por Abigail Tuscano y fue traducido al español por Angel Bahena el 20 de noviembre de 2025.
No es común pensar en la comida como una política, pero para el inmigrante que se encuentra separado de su país natal, la comida puede ser un salvavidas y una simbólica de una identidad única. Está atada intrínsecamente a una cultura y un país, demostrativa de una adaptación histórica y fuertemente influenciada por la póliza. Los mismos inmigrantes están profundamente atados a la industria de la comida americana, involucrada a cada paso desde el cultivo y la cosecha hasta el procesamiento, la cocción y la venta.
Mientras que la cocina del inmigrante—incluyendo la comida mexico-americana, chino-americana e indio-americana—es cada vez más popular y comercializada en los Estados Unidos, hay una ironía particular en el ascenso simultáneo en el sentimiento hacia esas mismas comunidades. En este sentido, entender las implicaciones de la política de cocinar y el consumo es necesario para entender completamente la inmigración a América.
Cary Cordova es una profesora asociada de estudios americanos que se especializa en las intersecciones entre la comida y la política del inmigrante. Ella argumenta que hay una especificidad en cómo América consume y reacciona a la cocina inmigrante entre grupos étnicos.
“Hemos visto la industria de la comida mexicana, particularmente comida rápida, emerger hacia una industria multimillonaria”, dijo Cordova. “Es enorme y a la vez también hemos visto un sentimiento enorme anti-mexicano en la política que ha estado formando como leyes anti-inmigrantes están siendo representadas o la máquina de deportación que hemos visto emerger en este siglo 21”.
La política de la comida juega en esta dinámica, particularmente en términos de lo que se considera comida agradable, asquerosa o antiamericana.
“La comida puede ser política porque puede ser impugnada”, dijo Cordova. “Las maneras en que las personas interactúan con la comida pueden a menudo reflejar ciertos prejuicios, ciertas expectativas entre culturas o culturas específicas y maneras en las cuales la comida puede ser racializada.
La comida inmigrante puede a veces verse como menos auténtica que los platillos originados fuera de los Estados Unidos. Como si la dieta americana la hubiera corrompido. Sin embargo, la comida se adapta de la misma manera que la gente. La cultura de la comida inmigrante nos dice una historia única de la adaptación de comunidades, persistencia y circunstancias. Por ejemplo, el pollo Kung Pao se desarrolló porque su platillo original de Sichuan, el gong bao ji ding, dependía de una pimienta que fue prohibida en el año 1968 hasta el 2005, haciendo una versión legítima en los Estados Unidos casi imposible. No será “auténtica”, pero habla hacia una historia de perseverancia.
Es imposible eliminar la comida de las circunstancias—y la gente—que la produce. La estudiante de periodismo de primer año, Fernanda Herrera Cuevas, quien es hija de inmigrantes mexicanos, dice que su cultura le trae un sentido único de comodidad y orgullo.
Argumenta que el consumo de la comida del inmigrante no debería ocurrir sin un respeto para quien la crea.
“Yo creo que es súper irrespetuoso”, dijo Herrera Cuevas. “Estás consumiendo algo que tú sabes que no está hecho por tu cultura, y no estás respetando la gente que la hace para ti. Es una palabra fuerte, pero es nauseabunda. Trae un sentido de dolor, sabiendo que tú no puedes respetar a la persona pero amar lo que viene con (ellos)”.
Los inmigrantes en los Estados Unidos son cada vez más, un blanco de discurso de odio, criminalización y violencia. Ahora, se hace más esencial el considerar las implicaciones políticas de consumir los productos de su labor, intentos a la preservación de cultura y americanos de suceso propio. La comida dice su historia, pero la cultura superficial del consumo forma la nuestra.
Tuscano es un estudiante de segundo año de gobierno originario de Round Rock, Texas.
